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ORIGEN. EL ESPACIO DE LA PINTURA

 

Mi largo camino como pintor vanguardista empezó por los años cincuenta, como parte de uno de los movimientos más ricos y libres: el informalismo, que venía a cumplir con algunas de mis necesidades más anímicas como creador: mi necesidad de libertad que, al mismo tiempo, fuese cauce de expresión de mis preocupaciones sociopolíticas. Un puente que me permitió conectar con las vanguardias de mi entorno y de mi tiempo, a la par que con las raíces de mi cultura. Desde ese primer momento de posicionamiento estético, fundamental para mí, fui evolucionando,
pero procurando siempre mantener una visión crítica para no caer en posibles academicismos.

En los últimos años he venido insistiendo – en pequeños textos sobre mi obra – de mi amor por la pintura que nació con mis primeras obras informalistas, eminentemente intuitivas y pasionales, realizadas con la urgencia que el tiempo, la edad y las teorías reclamaban. Una vanguardia que nos permitió una fundamental renovación de los lenguajes plásticos, pero siempre desde la pintura, como miembro de una generación que reivindíca, como he dicho una y otra vez, su riqueza y puntualidad estética.

Creo que ha tocado el momento de rescatar el espacio de la pintura; recuperar su dimensión poética y metafórica, su capacidad de ilusionarnos, de enamorarnos, de vibrar de nuevo con ese espacio virtual de la pintura. Retomar el discurso de la pintura y su capacidad de comunicación, ¡nada más! ¡y nada menos! Quizás no sea sólo la recuperación de la pintura, quizás sea también buscar la dimensión trascendente de lo sublime… ¿reinventar la pintura quizás? Cuando he tenido que hablar de mi compleja evolución y de mis periodos he utilizado el símil de un collar, formado con diversas cuentas, como mis periodos, pero siempre con un hilo conductor que las une, y que termina por encontrarse con su principio. Creo que estoy en este momento de mi búsqueda de esencialidades y de trabajo con mínimos elementos como medio de potenciar su radicalidad, muy cerca de mis búsquedas de los años cincuenta, pero sobre materiales y conceptos nuevos.

Mis obras quieren ser campo de experimentación para buscar la esencialidad de unas simples pinceladas: gestos metafóricos de la huella del hombre sobre nuestra realidad; huellas, surcos, como las del labrador castellano sobre la tierra. Experiencia material del hombre que deja su impronta en el mundo. Y detrás de esa realidad, sobre el reverso, campos de color como nuestro eterno paisaje de cielo tierra, de tierra-aire, horizontes que han marcado nuestros espacios, y donde queda reflejado, sobre el soporte de metacrilato, la veladura de nuestro propio reflejo, la integración de nuestro espacio como parte de la misma obra.

 

Rafael Canogar