José Saborit

La escalera de Jacob

Noviembre 2018 – Enero 2019

LA ESCALERA DE JACOB

12 Viditque in somnis scalam stantem super terram et cacumen illius tangens caelum angelos quoque Dei ascendentes et descendentes per eam.
Génesis 28, 12

El conocido relato bíblico nos cuenta que Jacob, uno de los patriarcas de Israel, huye por el monte tras enfrentarse a su hermano Esaú. Cuando le sorprende la noche se detiene, toma una piedra como almohada, se duerme y sueña con una escalera apoyada en la tierra cuya cima toca los cielos. Los ángeles suben y bajan por ella.

El pasaje ha dado lugar a incontables manifestaciones culturales y numerosísimas pinturas, como las de la catacumba de la Vía Latina, Rafael de Sanzio, Rembrandt, Ribera, Michael Wilmann, William Blake, Marc Chagall y otras muchas. Asimismo se han sucedido las interpretaciones del sueño de Jacob. Los ángeles que suben y bajan son una conexión entre arriba y abajo, entre las fuerzas superiores e inferiores; son evolución de la vida biológica a la vida espiritual; puente que une cielo y tierra; elevación y descenso…

Si nos quedamos con la conexión entre arriba y abajo, descubrimos que son muchas las formas pictóricas (icónicas o plásticas) capaces de visualizar esa unión sugiriendo a la mirada un recorrido de ascenso y descenso: árboles, lluvia, montañas y nubes escalonadas, columnas de humo, haces de luz, formas verticales, rampas, diagonales, zigzagueos y repeticiones sucesivas de horizontales.

Abajo está la tierra, donde cae nuestro peso y se apoya nuestro paso. Abajo nuestro origen, nuestro humus (lo animal, las facultades inferiores, el instinto irracional) y también el destino imaginado a donde iremos a parar. Fango del comienzo, raíz, morada y pertenencia; también regreso, caída y destino.

Al elevar la mirada escrutamos al cielo en busca de algo más, pues ya no basta el paso firme y la tierra en que se afirma el paso. Deseo de ascensión que yergue a nuestro antepasado el homo erectus y eleva su cabeza, su inteligencia y su espíritu, hacia los reinos aéreos de la totalidad y el cosmos, en el deseo de entender (con el desarrollo de sus “facultades superiores”) dónde está, de qué colosal magnitud forma parte. Más que en ningún otro lugar, el mundo del espíritu se sitúa simbólicamente en el cielo, en las nubes. Arriba el crecimiento, la ligereza, el aire, el vuelo, la luz y su origen: el Sol.

No se trata de vencer la oposición entre arriba y abajo, sino de moverse de un sitio a otro, subiendo y bajando. Sin su toma de tierra, el pensar puede perder pie, elevarse y disolverse en gaseosas abstracciones. E inversamente, tampoco parece que pueda ir muy lejos el pensar que discurre a ras de tierra, rastreramente, incapaz de alzarse un palmo del suelo para ganar perspectiva. Se trata de asumir el movimiento, tal vez incómodo o esforzado, de ascenso y descenso, sin consentir que se asiente la mirada y el pensamiento. No se trata de mirar (de pensar) siempre en voz alta o en voz baja, sino de modular la voz del pensamiento.

Árboles, lluvia, montañas y nubes escalonadas, columnas de humo, haces de luz, formas verticales, rampas, diagonales, zigzagueos y repeticiones sucesivas de horizontales… nos invitan a elevar la cabeza (por encima de nosotros mismos) para buscar lo lejano y a reclinarla (por debajo) para buscar lo cercano. Nos invitan a subir y a bajar, a alzarnos y a descender, para afirmar nuestra vertical y buscar nuestras inclinaciones. Poco importa si nunca llegamos a ningún sitio, mientras el movimiento –y su incremento perceptivo– nos mantiene activos en el deseo. Que es la vida. Mirad sino al monje de Friedrich o al perro de Goya.

José Saborit, Náquera 2018