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Noemi Iglesias Barrios

Bling Bling Romance

Septiembre 2022

Escribía Kate Millet en 1984 que El amor ha sido el opio de las mujeres. Mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban. Este tipo de amor, romántico, sigue siendo hoy una utopía colectiva y un enredo para la mujer. La industria del romanticismo nos sumerge en estructuras de dependencia en base a roles muy específicos que unen las actividades económicas y amorosas en rituales de amor, matrimonio, vestidos blancos y rosas rojas.

Son estructuras mitificadas e idealizadas muy eficaces que perpetúan un sistema desigual en el que la salud, y más concretamente, la salud mental de las mujeres, está condicionada en gran medida por una cultura amorosa que promueve un ideal romántico de expectativas irreales. La influencia del amor en este proceso de individualización representa una ideología donde las concepciones emocionales se solapan con el mundo de los clichés, sumergiéndonos en relaciones de dependencia donde uno tiene poder y recursos y la otra el don del sacrificio, el servicio y la entrega.

Simultáneamente, el discurso terapéutico y el relato del sufrimiento se ha consolidado fuertemente en nuestra sociedad occidental, fomentando un sistema de valores donde la construcción de identidad de las mujeres no gira alrededor del conocimiento de sus propias emociones, necesidades o intereses, sino en el descubrimiento de las necesidades de los otros y la complacencia de las mismas. Esta adscripción al poder afectivo nos lleva a establecer un tipo de relaciones íntimas que generalmente conducen al fracaso emocional y a la frustración, confundiendo un estado afectivo realista, con la idealización del enamoramiento.

Utilizando la rosa como uno de los elementos propios asociados al discurso amoroso y convertidas en producto de las relaciones afectivas por la industria romántica, se plantea un escenario de jardín con un acabado perfecto, meticuloso, casi irreal que permita abrir una nueva perspectiva desde donde repensar y cuestionar el establecimiento del romanticismo en nuestra sociedad occidental. El objetivo de la instalación es ofrecer una atmósfera que invite al espectador a tener una actitud atenta para percibir aquello que no se encuentra en el aspecto exterior, sino en la naturaleza de las cosas o en la sustancia de las personas.

 

Noemi Iglesias Barrios

 

En el pequeño distrito agrícola de Halfeti, en la orilla este del río Éufrates, crece una de las rosas más particulares del mundo, caracterizada por su color oscuro, casi negro. Las características del suelo hacen lo que parece imposible: la posibilidad de que una rosa sea negra de manera natural. Desde Turquía hasta España estas flores han inspirado el trabajo de Noemí Iglesias Barrios para desarrollar un proyecto escultórico expandido que sobrepasa los límites de la propia técnica y el sentido mismo de lo representado. La rosa es aquí algo mucho más allá de lo evidente y, como dice el refrán, no todo lo que brilla es oro.

En 1985 la crítica de arte Rosalind Krauss conceptualizaba esa forma nueva de romper el esquema del monumento en pos de una escultura que aparecía deslocalizada, alejada de un lugar concreto y, sobre todo, que era autorreferencial. Ha llovido mucho ese esos 80 pero lo cierto es que la expansión misma de la escultura la ha llevado a su ontología como ente propio y como instalación, superando sus propios límites. Así lo vemos en este trabajo de Noemí Iglesias Barrios, donde el despliegue por la sala destacada sobre el mero hecho escultórico, aunque tampoco se atiene a una simple instalación.

En cuanto al contenido, resultan fundamentales obras como esta que pongan en jaque la visión unívoca del amor y que hagan patentes sus estrategias de ocultamiento, especialmente cuando este ha sido construido desde un prisma político preciso. Como apunta con buen tino la escritora Coral Herrera, “nuestra forma de construir el amor romántico tiene que ver con la forma en la que nos organizamos social, económica y políticamente. Lo romántico es político, y por ello, se construye a través de la ideología de ese momento. En la actualidad a través del capitalismo y del patriarcado”. Esta idea del amor (de la que a menudo olvidamos su contingencia) se cimienta a través de unos mitos románticos afianzados por el hecho cultural, que los perpetúa. La música, el cine, la literatura, las series de televisión y, por supuesto, el arte, han contribuido a esta construcción. Noemí Iglesias Barrios ya había abordado este cuestionamiento a los mecanismos aparentemente inocentes del amor y las relaciones en distintos proyectos, y profundiza aquí en la dimensión plástica que este amor romántico puede tener. Si las rosas negras de Halfeti son, contra todo pronóstico, negras de manera natural, la excepción en este caso no confirma la regla. Como vemos en la exposición, casi siempre lo aparentemente ostentoso se revela falso en sus capas inmediatamente siguientes.

 
Semíramis González