ANA VERNIA Burriana, Castellón, 1976.

Inicios y  trayectoria

Nace en Burriana (Castellón), en 1976. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia (Facultad de Bellas Artes). Ha realizado estudios en la Accademia Albertina delle Belle Arti en Turín (Italia), y estancias en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, que han contribuido a madurar su lenguaje plástico. Actualmente tiene el estudio en Valencia, donde prepara nuevos proyectos. En su todavía breve trayectoria artística, ha realizado diversas exposiciones individuales y colectivas, en galerías y fundaciones, como la Galería Evelyne Heno de París, el Museo Centro del Carmen de Valencia, La Fundación Frax de Alfás del Pí (Alicante) o el Museo de Bellas Artes de Castellón, entre otros. Ha ganado recientemente el Premio Nacional de Pintura de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia y su obra ha sido reconocida también con el Primer premio en el Salón de Otoño del Ateneo Mercantil de Valencia en su edición de 2014. En 2012 obtuvo la Beca Hábitat Artístic Castelló que le permitió desarrollar un proyecto expositivo durante varios meses, y ha sido seleccionada en la 75 Exposición Internacional de Artes Plásticas de Valdepeñas (Ciudad Real), entre otros reconocimientos. Su obra forma parte de colecciones e instituciones como la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos en Valencia, el Museo del Calzado de Elda (Alicante), el Ateneo Mercantil de Valencia o la Fundación Gaetano Morguese en Bari (Italia).

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La última tertulia. Aquellos ecos de la realidad

Ecos de una realidad pasada se atisban en las pinturas de Ana Vernia donde a través de “La última tertulia”, revela los problemas de la comunicación, el silencio y la dificultad que conlleva encontrarlo en nuestra actual sociedad cibernética alejada ya definitivamente de aquellas ya románticas tertulias que describió, por ejemplo, un irónico Francisco Umbral en “La noche que llegué al Café Gijón”. Desde principios de siglo hasta la Segunda República proliferaron las tertulias en los cafés, y entre ellas las que tomaban un determinado sesgo político y cultural con pintores, escritores, artistas e intelectuales de toda índole. Había en los cafés tertulias de poetas, la había de actores, de pintores… Había una ringlera de habituales, llegados desde desdibujados confines de cualquier ciudad en tranvía, o como fuera, a los que solo les faltaba fichar al entrar y al salir. Y había los otros, los ocasionales. En los cafés se cultivaba el arte de la oratoria y la dialéctica –amena charla-, donde bien se podían intercalar puyas al estilo Valle-inclanesco, o se regalaban halagos edulcorados con sarcásticas muestras de ingenio.
Hoy aquellos espacios han sido sacrificados por la sociedad del ruido, el exceso de información conlleva un bloqueo y por todos es conocida la falacia informativa que recorre las redes sociales. La dialéctica ha sido sacrificada y sus rasgos principales amputados: En este sentido, la unidad entre teoría y práctica pictórica, la búsqueda de la totalidad y sus internas contradicciones, el conflicto o despliegue de los opuestos, el cambio constante a través de diferentes perspectivas dialécticas mediante el uso del dibujo y la pintura son temas que encontramos en los trabajos de la pintora.

Cuadro n8 ana vernia

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Ana Vernia ironiza sobre el actual bloqueo de la comunicación y la necesidad del silencio para la contemplación artística mediante una cuidada utilización de reconocidos mecanismos estilísticos de su pintura y el ambivalente dominio de esta dialéctica: desde el metódico y artesanal uso de las técnicas de montaje y ensamblaje pictórico mediante el manejo de una serie de personajes fantásticos que parecen salidos de un cuadro de Hyeronimus Bosch o de una novela de Orwell, hasta el objetivo teórico al que sirve, a saber, la crítica social o la necesidad de dar a conocer al espectador sus intenciones sobre el peligro que corremos con las redes sociales y el ruido que producen. Aquí, su efecto inasible es como el parpadeo de un gran montaje cinematográfico artesanal y analógico donde los fotogramas encadenados a través de la serie de “paisajes líquidos” han sido editados para perdurar un instante efímero en la consciencia y en la memoria de quien lo ve, como flashes imperceptibles y materiales al mismo tiempo. Incluso si han sido elaborados como pentimenti y capas superpuestas, estos pasajes líquidos de la historia, no es menos cierto que pueden coger su propio camino en una clase de disyunción mediante una suerte de pintura alla prima sobre el lienzo en blanco, como pintados de un trazo. Como chispazos, relámpagos, iluminaciones súbitas, haciéndonos rastrear mediante la dialéctica su propia vida futura en lo posmoderno. Pero más que un método o una receta pictórica constante a lo largo de su trabajo, se trata más de un no-método donde lo espontáneo y accidental también está presente. Pintora libérrima y controladora al unísono, la extrañeza de la vida cotidiana es vislumbrada de este modo.
La posición en la que se encuentra su producción artística caracterizada por cierto posmodernismo ejemplifica este sentido pictórico. Es el caso por ejemplo de los revivals del modernismo estético en el arte contemporáneo o incluso en todo lo que suene a retro en la cultura de masas; estos artefactos manifiestan una representación del modernismo (aclaro que modernismo aquí no debe entenderse en el sentido español del término, sino más bien como el anglosajón modernism de una renovación de la percepción y de la estética), en cuanto a su capacidad para producir una verdad más compacta, de arriba abajo, se transfigura en critica, pintando de esa manera (moderna) muy próxima al mundo anglosajón, recorriendo caminos adyacentes, rodeos, escapatorias laterales, para exponer preguntas del tipo ¿qué significa esto? o ¿cuál es la idea que subyace detrás de esta obra?.

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Las imágenes de Ana Vernia son contundentes, dejándonos sorprendidos de esta contundencia con su particular uso del color. En su repertorio icónico predomina lo edulcorado mediante un constante uso cromático de tonalidades pastel. Sus representaciones pictóricas evocan misteriosas alegorías románticas por la concesión expresiva y el gusto por lo enigmático. Pero desde las anécdotas y las preocupaciones sociales y comunicativas se eleva una meditación alegórica con el uso de extraños personajes inmersos en un particular paisaje. Meditación sobre la poesía y la pintura, sobre la vida y el arte. Meditación sobre la flaqueza de los seres vivos, el triunfo final del silencio para la contemplación. Algunos de los cuadros podrían interpretarse incluso como una suerte de jeroglíficos de las postrimerías: Como la obra principal y que da título a la exposición, “La última tertulia”.
Como riguroso complemento de la espléndida serie de pinturas, y otro modo de ejemplificar su concepción, experimentación y expresividad plástica más allá de los límites del lienzo, la última parte de la exposición está dedicada a una serie de esculturas realizadas en cerámica. En esta serie, Vernia extrae algunos personajes de sus cuadros estableciendo un fascinante contrapunto entre lo gráfico y lo tridimensional, entre lo figurativa y lo abstracto. Pero donde el lirismo de su cromatismo sigue constante a través del uso materico de la cerámica. Sin embargo, los personajes de Ana Vernia no producen ruido, conviven armónicamente en un característico paisaje, un peculiar entorno donde lo sensorial enriquece nuestra percepción y donde el silencio favorece una vez más la contemplación. Un lugar abierto al diálogo y a la dialéctica como aquellos sagrados cenáculos literarios, los únicos donde habitaban las tertulias literarias y artísticas inmunes a los cataclismos socioculturales, permaneciendo una vez más fiel a sus ritos y formas. Texto de Rosa Ulpiano